La noción de fiesta articula y da sentido al mundo vilamatiano. Su primer libro, ese temprano “ejercicio de estilo” que es En un lugar solitario, es de hecho la crónica de una fiesta. Hay un elemento fundamentalmente festivo, celebratorio, en su obra, rasgo poco común en la literatura moderna. En Impostura, la vida gris y anodina de Barnaola se anima un poco cuando una noche sale a beber y recorrer bares con el Desconocido, experimentando una vitalidad y una alegría inéditas hasta entonces. El clímax de la Historia abreviada de la literatura portátil ocurre cuando los portátiles –espíritus festivos donde los haya– organizan un espectacular jolgorio en Viena y, más tarde, se reúnen en el submarino Bahnhof Zoo. No obstante, ya desde entonces hay algo extraño en la idea vilamatiana de fiesta. El organizador, el joven escritor Werner Littbarski, suele hacer otro tipo de fiestas, fiestas a las que nadie asiste, sin invitados, y en las que él imita a una multitud, simulando una gran concurrencia. Son, por utilizar un término que Vila-Matas usará más tarde, “fiestas de hombre solo”, y es que ésa es la verdadera, la íntima fiesta vilamatiana: una fiesta individual, interior. El narrador de Bartleby y compañía, en efecto, afirma, a propósito de Felisberto Hernández: “me gustan mis fiestas de hombre solo. Son como la vida misma, como cualquier cuento de Felisberto: una fiesta incompleta, pero una fiesta de verdad” (p. 80).

París no se acaba nunca es, desde su guiño a Hemingway, una fiesta, pero la noción que me interesa se profundiza en Exploradores del abismo, en donde sus protagonistas, indagadores del vacío y el lado metafísico de la vida a los que superficialmente podría atribuírseles un temperamento grave y circunspecto, en realidad son ligeros y festivos (descendientes, al fin y al cabo, de los shandys). La clave la da un poema de Roberto Juarroz que Vila-Matas ha hecho suyo:

 

A veces parece

que estamos en el centro de la fiesta

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie

En el centro de la fiesta está el vacío

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

 

Esa fiesta en el centro del vacío –solitaria, individual, silenciosa– es la auténtica fiesta vilamatiana.