En Viaje al centro de la tierra de Julio Verne, el protagonista, el profesor Otto Lidenbrock, antes de partir a Islandia para escalar e internarse en el volcán Sneffels, obliga a su sobrino, el tímido Axel, a subir a lo más alto de un campanario para familiarizarse con el vértigo. A esto le denomina “lecciones de abismo”. La obra entera de Vila-Matas –lector de Verne y del Poe de “El demonio de la perversidad”, ensayo y narración sobre la seducción abisal, como recuerda en Dietario voluble– es también, a su manera, una lección de abismo: obliga a sus lectores a mirar de frente ciertas profundidades y no solo perder el temor, sino sentirse a gusto ahí.

La fascinación vilamatiana por el abismo es visible ya en la Historia abreviada de la literatura portátil, en la voluntad suicida de algunos shandys (baste recordar esa ola de suicidios en Nueva York desde los puentes colgantes), y es evidente en Suicidios ejemplares, donde más de un personaje siente la tentación de arrojarse al vacío. Sin embargo, es quizá hasta la novela El viaje vertical (con escala en Lejos de Veracruz, en cierta forma también un descenso a las profundidades) que se convierte en una verdadera obsesión. En ella, el viejo Mayol –hombre de negocios y político retirado– es súbitamente expulsado de su casa y su monótona vida doméstica por su esposa; comienza entonces para él un verdadero viaje de autoconocimiento, un lento, pero inexorable descenso a su propio centro. No obstante, a diferencia del descenso clásico, éste no tiene un signo negativo, sino positivo; no es fúnebre, sino festivo: “… quién iba a decírselo, sentirse un viejo cada día más hundido le proporcionaba una saludable y extraña felicidad, como si su proyecto deliberado de hundirse en el fondo de su propio abismo estuviera dando por fin un sentido altivo a su vida… Había algo en el fondo muy atractivo en jugar una partida sonriente y mortal con las fuerzas del abismo” (p. 202).

A partir de Bartleby y compañía, y notablemente en Doctor Pasavento y Exploradores del abismo, la obra de Vila-Matas tomó un camino arriesgado con rumbo desconocido. No empezó de la nada: tuvo sus antecedentes en los descensos de Lejos de Veracruz y El viaje vertical, pero inició formalmente con la excursión a la literatura del No, la de aquellos que renuncian a la escritura, continuó con la sobredosis literaria de El mal de Montano, hizo un breve paréntesis con ese libro feliz que es París no se acaba nunca, y se reanudó con el intento de desaparición del sujeto en Doctor Pasavento. Este último constituyó ya una apuesta bastante aventurada, no lograda del todo en última instancia (la novela desborda al autor y en cierto punto parece írsele de las manos), pero si falla es precisamente por el tamaño de su ambición, ya que habría sido relativamente fácil escribir una obra más redonda, pero con ambiciones más modestas, sin correr riesgos. Al cerrar el libro, el lector podía quedarse con una vaga sensación de incertidumbre respecto al futuro de la obra vilamatiana: ¿y ahora qué?, ¿qué va a seguir después de esto? Y lo que siguió fue Exploradores del abismo, uno de los más innovadores y mejores libros del autor, en el que siguió avanzando resueltamente por la cuerda floja sin red de protección (no debió ser ajeno a esto el hecho de que entre ambas obras ocurriera el colapso físico que lo tuvo al borde de la muerte y que materializó el abismo de forma muy concreta). Podría haber hecho suyas las palabras de la protagonista de “El día señalado”, narración que rehace el cuento “La danza de la vida” de Nunca voy al cine sobre una mujer a la que pronostican el día de su muerte: “decidió que se movería en las fronteras del vacío, probaría a ver qué sucedía si se asomaba al abismo” (p. 157). ¿Y qué hay al fondo del abismo? Una posible respuesta, en la misma línea de la anticipada en El viaje vertical, puede encontrarse en el extraordinario cuento “Amé a Bo”, en el que un fatigado viajero intergaláctico lleva a cabo un gran hallazgo: “creo que soy el primer ser humano que descubre, más allá de los infinitos agujeros negros y del espacio etéreo, que el humor es lo último que se pierde… El humor es el inquilino eterno del vacío. Eso ha sido lo que he descubierto y no puedo comunicar a nadie. Así que no es cierto que la esperanza sea, como alguien dijo, la resistencia del ser ante las previsiones de su mente. No. Es el humor la verdadera resistencia de fondo” (p. 172). Mirar el vacío y sonreír. Ésa es, quizá, la verdadera lección de abismo.