Libresca y archiliteraria, la obra vilamatiana comprende su antítesis: el culto a la acción encarnado en algunos personajes como el Enrique Tenorio de Lejos de Veracruz o Mayol de El viaje vertical. Contrario a los bartlebys o los montanos, enfermos de lo literario, éstos profesan el amor a la Acción y la Vida y aparentemente abominan del mundo artificial de la literatura y el arte. Así se lo echa en cara un furioso Mayol a su detestado hijo artista: “vino a decirle a Julián que el camino del arte era el de la impostura y que la única fuente de lo bello era la acción, y que el arte en realidad era tan sólo una manera de hacer, y no una forma de pensar. Lo importante era la acción. Todo lo demás tenía algo de enfermizo. Películas, libros, pinturas, sinfonías…, no eran más que sucedáneos de la vida” (pp. 73-74). Lo mismo, incluso más radicalmente, opina Enrique Tenorio de los destinos artísticos de sus hermanos, uno escritor y otro pintor, y por eso quiere dedicarse exclusivamente a vivir; a convertir, en todo caso, su vida (mediante la acumulación de aventuras, viajes, mujeres, etc.) en su obra maestra. Y, sin embargo, el mundo de la literatura y la creación acabará vengándose en cierta forma de estos vitalistas mostrándoles que la vida en bruto no basta y que solo adquiere algún sentido cuando es pasada por el tamiz del arte y la reflexión.
En su juventud, como tantos otros aspirantes a escritores de su generación y según cuenta en París no se acaba nunca, Vila-Matas profesó el culto a Hemingway, encarnación del ideal de acción y literatura. El escritor que cubría la guerra, viajaba por el mundo, cazaba en África, boxeaba y componía obras llenas de aventuras y peligros era el modelo a seguir, quizá más por la fascinación que ejercía el personaje que por sus libros. Paradójicamente, su propia obra terminó más cerca del modelo libresco de un Borges que de la vitalidad salvaje representada por Hemingway. La verdadera acción, en Vila-Matas, ocurre entre las páginas de un libro.
Enrique Tenorio, el más vitalista de sus héroes, se desengaña pronto de la vida y de la ilusión de que ésta, si se vive intensamente, habrá de colmarlo: “la vida no interesa. No sé quién dijo que es para los criados” (p. 170). Queda la literatura, o sea, el arte, pero tampoco se engaña al respecto; el Arte tampoco cumplirá la esperanza depositada inicialmente en la Vida, es solo un consuelo, pero el único disponible, un consuelo al que hay que aferrarse. Solo él podrá darle algún sentido a la Vida; en el caso de la literatura, solo la construcción de un relato puede dar significado a la experiencia. Narrar para crear un sentido, narrar para aspirar a entender, consciente siempre de la paradoja de que “o bien se vive a fondo la vida a costa de ser un Indiana Jones y un paleto, o bien se escribe y se le da un significado a la existencia, pero entonces no puede vivirse. Dicho de otro modo: si estás en la vida eres insignificante; si quieres significar, estás muerto” (p. 204). Y, sin embargo, el propio Enrique desmentirá en cierto modo este sombrío dictamen: se habrá entregado con todas sus fuerzas a la acción y la vida y se habrá desencantado de ellas, y luego, mediante la fuerza transfiguradora del arte, creará una obra que las trascenderá y quizá les otorgue un significado. La última y más perdurable forma de la Acción es el Arte.