Vila-Matas, tengo entendido, solía ser buen amigo del alcohol (ya no, desde una enfermedad renal que lo tuvo al borde de la muerte hace algunos años). Supongo que estará más sano y sus lectores nos congratulamos por eso, pero no deja de ser una pena. Cuando alguien que había militado –no sin gloria– en las filas de Baco deserta, sus antiguos compañeros de armas no pueden dejar de sentirlo como una pérdida. En uno de los relatos que integran Una casa para siempre (que pertenece todavía a la etapa etílica), el protagonista se ofende cuando su hijo le reclama su manera de beber: “y me molestó porque para el alcohol también hace falta coraje, y es otra forma de jugarse la vida” (p. 50). En efecto, el alcohol, como la literatura, también es una tauromaquia, y juntos ni se diga. La literatura, como apunta en la entrada dedicada a Anthony Burgess en Para acabar con los números redondos, “está empapada de bebida” (p. 425), en donde también, por cierto, observa atinadamente que nadie escribe borracho, pero que muchos (él, entre ellos, según se sabe) han escrito crudos, y propone entender la historia de la literatura como una gran resaca colectiva.

Por otra parte, en “Impresiones de abstemia”, texto recogido en El viento ligero en Parma, el autor se queja de aquellas personas que, viéndolo siempre copa en mano, juzgaban que debía ser un borracho perdido: “no contaba para ellos, por ejemplo, mi imagen de persona apoyada en su escritorio diez horas diarias, desde hace treinta años. No contaba tal vez porque son pocas las personas que alguna vez me han visto escribir o conocen mi dedicación espartana a la literatura, y en cambio una infinidad las que han espiado o contemplado mis apariciones alcohólicas en sociedad” (p. 93). Claro. Quienes solo ven a un hombre cuando está tomando en fiestas o reuniones, los fines de semana o por las noches, podrían apresurarse a juzgarlo, pero qué hizo el resto de la semana o todo el día. Eso no lo saben ni les importa. En fin, no vamos a reparar aquí la incomprensión que rodea la figura del santo bebedor. Si Vila-Matas decidió dejar de tomar, por las razones que sean, respetamos su decisión. Sin embargo, no puedo dejar de citar, para concluir esta entrada, la reflexión de Riba en Dublinesca: “Qué viejo se ve, qué viejo está desde que se retiró. Y qué aburrimiento no beber. El mundo, en sí mismo, es muchas veces tedioso y carece de verdadera emoción. Sin alcohol, uno está perdido” (p. 131).