No sé si alguien haya observado ya la extraña fascinación de Vila-Matas por las arañas, una fascinación para la que no se me ocurre mejor calificativo que dostoievskiana (si se ha leído alguna vez, es imposible olvidar la escalofriante imagen que Liza describe a Stavroguin en Demonios: “a mí siempre me pareció que usted iba a llevarme a algún lugar, donde anidaría una enorme araña venenosa del tamaño de un hombre, a la que nos pasaríamos la vida entera mirándola y temiéndola”; cuesta trabajo imaginar un ejemplo más claro del valor simbólico de la araña como angustia observado por Jung).
En Vila-Matas, la primera imagen de la araña aparece en Al sur de los párpados, asociada o, mejor dicho, fundida con otra no menos relevante para su mundo, la de la biblioteca, en un pasaje que retrospectivamente puede leerse como una profecía de turbadora precisión: “la biblioteca volante de mis sueños se extendió, de pronto, como una gigantesca araña, abultando como un tumor monstruoso que oprimió mi cerebro como el mundo en expansión del delirio” (p. 219). Curiosa síntesis biblioteca-araña en la que, por cierto, parece cifrada la obra futura del autor, pues lo que ocurriría después (notablemente a partir de Bartleby y compañía) sería precisamente lo que podríamos denominar la explosión de la biblioteca, esa voraz biblioteca-araña que a punto estuvo de devorarlo: “me asfixia cada día más la literatura, a mis cincuenta años me angustia pensar que mi destino sea acabar convirtiéndome en un diccionario ambulante de citas” (El mal de Montano, p. 17).
La araña suele representar, más que la agresión en sí, la amenaza de la misma, el peligro latente, justamente por eso es más angustiante (quizá nadie lo entendió mejor que Juan José Arreola en su extraordinario y enigmático cuento “La migala”, donde el protagonista adquiere una araña y la lleva a vivir a su casa: “entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar”). Éste es el sentido que reviste en Una casa para siempre cuando el narrador, convaleciente en el hospital, siente “cierta sospecha de que, pese al silencio y a la somnolencia, alguien estaba al acecho en cualquier parte, como una araña, para perjudicarme en cuanto la ocasión le resultara propicia” (p. 31) y en El mal de Montano: “durante la noche, no pudiendo dormir, había encendido de pronto la luz de mi cuarto y había creído ver que una araña se arrastraba sobre el suelo alfombrado” (p. 31).