“La palabra es nueva, pero la cosa, vieja”, sentenció para la posteridad Francis Bacon sobre el ensayo, recientemente bautizado por Montaigne. Lo mismo podría decirse de la “autoficción”, como ha observado el propio Vila-Matas, que la retrotrae hasta Dante. Menciona, vía Borges, la Comedia, pero quizá la obra más “autoficticia” sea la Vida nueva, ese prosimetrum (mezcla de prosa y verso) que consiste en un poemario comentado y la narración del amor por Beatriz, compuesto por el poeta a los veintiocho años. El autobiografismo de la obra es, por supuesto, una convención literaria, y el lector medieval (en este sentido menos ingenuo que su contraparte moderna) lo sabía y no esperaba que las cosas que le contaban, aunque las refiriera un narrador con el nombre y apellido del autor, hubieran ocurrido tal cual. Con un fondo autobiográfico, Dante construye una obra poética: enfatiza, omite, varía, ajusta, finge. Literatura, claro está.
El término “autoficción” fue acuñado por el escritor francés Serge Doubrovsky en respuesta a la teoría de la autobiografía de Philippe Lejeune y aparece en las versiones preliminares de su obra Fils definido vagamente como: “ficción de acontecimientos y de hechos estrictamente reales; si se quiere, autoficción, de haber confiado el lenguaje de una aventura a la aventura del lenguaje”. Aunque las definiciones varían y se está lejos de haber alcanzado un consenso teórico al respecto, quizá el rasgo predominante del género sea el de ser un relato (no una novela, que se supone enteramente ficticia, ni una autobiografía, forma que pretende abarcar la vida entera, a diferencia de ésta, que suele centrarse en un episodio) en el que el escritor se presenta a sí mismo como narrador y protagonista. En este sentido, el libro de Vila-Matas más cercano a la autoficción es París no se acaba nunca (y ahora habría que agregar Kassel no invita a la lógica), pero el autor, en su “Autobiografía literaria”, se encarga de socavar cualquier intento de certeza genérica: “aparentemente, la revisión irónica de los dos años de mi juventud que pasé en París tratando de repetir la experiencia de vida bohemia y literaria del Hemingway de París era una fiesta. En realidad, un intento de darles a mis lectores alguna noticia verdadera sobre mí. Pero todo disfrazado bajo la idea de que el libro es un fragmento de la novela de mi vida en el que todo es verdad porque todo está inventado, pues a fin de cuentas un relato autobiográfico es una ficción entre muchas posibles” (Fuera de aquí, p. 236).
La obra vilamatiana, tras una primera etapa de ficción tradicional, comenzó a merodear los terrenos de la autoficción desde, más o menos, un relato como “Recuerdos inventados” (incluido en la antología del mismo nombre, publicada en 1994), exploración que se profundizó en obras como El mal de Montano, París no se acaba nunca o Doctor Pasavento, en las que un claro elemento autobiográfico se mezcla con la ficción novelesca, sin que eso las convierta necesariamente en autoficción pura, si es que existe tal cosa. En realidad, el estilo autofictivo –pues el género quizá sea, ante todo, un tono narrativo: personal, íntimo, subjetivo– se fue desarrollando previamente en los ensayos, y es ya perceptible en algunos textos de El viajero más lento como “Alemania en otoño” o “En Barcelona cada tarde es un puerto”. La síntesis de ese estilo con la invención de la novela es lo que ha dado lugar a la particular “autoficción” vilamatiana. A los obstinados en determinar con precisión qué tanto de autobiográfico hay realmente en sus obras, Vila-Matas ha dado una respuesta categórica: el 27%.