“Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no escribir más. ‘¿Por qué no? ¿Qué se propone’, exclamé, ‘¿no escribir más?’. ‘Nunca más’ ”. La lapidaria negativa de Bartleby en el relato homónimo de Herman Melville es el origen del tema de Bartleby y compañía: “la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre” (p. 12). Bartleby y compañía marcó el punto de inflexión más importante en la obra vilamatiana. Con este libro dejó atrás una ficción relativamente tradicional (y no parece casualidad que la novela que lo antecediera fuera El viaje vertical, la más perfecta dentro de las convenciones narrativas habituales, como si después de dominar por completo esa forma hubiera decidido volarla en pedazos) y entró de lleno en una nueva etapa, dominada por la metaliteratura, la cita, la autorreferencialidad y la mezcla de géneros (Vila-Matas mismo ha examinado magistralmente la génesis y elaboración de la obra en el ensayo “Un tapiz que se dispara en muchas direcciones”, recopilado en Desde la ciudad nerviosa).

El germen de Bartleby y compañía se encuentra en un artículo periodístico publicado en 1991 y luego recogido en El viajero más lento, “Preferiría no hacerlo”. En él, Vila-Matas hace una comparación entre los escribientes de Kafka (y el propio Kafka) y el personaje de Melville, a la que al final agrega la figura de Robert Walser. Es precisamente en la conclusión donde despunta el libro futuro: “la obrita de Melville sobre Bartleby fundó la más innovadora, inteligente y perturbadora tendencia de la literatura de este siglo” (p. 195). En efecto, el escritor norteamericano, sin sospecharlo, llevó a cabo una estremecedora profecía de la literatura moderna: el gris y desconocido Bartleby, encerrado en su oficina escribiendo, bien podría ser Kafka o Pessoa, ambos burócratas; en su renuncia a escribir, es Rimbaud, Hofmannsthal o Rulfo. Más allá de esto, el bartleby no solo niega la escritura: niega el mundo, niega la acción, niega la vida. Es una fuerza negativa, una suerte de agujero negro que absorbe toda la energía a su alrededor.

La paradoja de Bartleby y compañía radica en que la exploración de la negatividad tiene como fin encontrar los caminos que le queden abiertos a la escritura. Se trata de una inmersión en el no para hallar un posible sí. En primera instancia, una respuesta provisional se encuentra en la búsqueda misma: escribir sobre negarse a escribir es ya, en sí mismo, un acto afirmativo de la escritura. Por lo demás, Bartleby y compañía no ofrece soluciones fáciles o reconfortantes. No hay ningún tipo de conclusión definitiva –la forma misma del libro lo ratifica, pues éste podría haber seguido alargando el catálogo de bartlebys indefinidamente, notas al pie de un texto que no existe, y en realidad al final no concluye, solo se interrumpe–, únicamente conjeturas, intuiciones, pero de singular agudeza: “quien afirme la literatura en sí misma, no afirma nada. Quien la busca, solo busca lo que se escapa, quien la encuentra, sólo encuentra lo que está aquí o, cosa peor, más de allá de la literatura. Por eso, finalmente, cada libro persigue la no-literatura como la esencia de lo que quiere y quisiera apasionadamente descubrir” (p. 160). El problema, claro está, no es solo de la literatura, sino del lenguaje mismo. ¿No, en el momento en que nombramos una cosa, ésta –su esencia– se nos escapa? Cada palabra persigue también, en el fondo, el no-lenguaje, aquello que está más allá de las palabras. Quizá Bartleby –en su inacción, en su silencio– tuviera en el fondo la razón. ¿Escribir, hablar? Preferiría no hacerlo.