La idea de casa, de hogar, es fundamental en el mundo de Vila-Matas y está íntimamente relacionada con la escritura y la ficción. En Impostura, Barnaola comparte la vieja casa familiar con su hermana (una convivencia que, por cierto, recuerda la de los hermanos del cuento de Julio Cortázar, “Casa tomada”), un caserón sombrío, polvoso, lleno de fantasmas. Allí, precisamente, descubre el placer de mentir al inventar para su hermana, ávida de relatos, los sucesos más recientes de la historia del desmemoriado. Barnaola no es un escritor, pero procede como procedería uno con sus lectores; su pasión por la mentira es análoga a la del novelista por la invención. Más adelante, refugiado en la azotea, se convertirá en un fervoroso lector de novelas. Encerrado en la monotonía de su hogar, habrá descubierto la ficción y, gradualmente, que ella es su verdadera casa.
Esto, de manera ya absolutamente transparente, es lo que ocurre con el narrador de “Una casa para siempre”, el relato que cierra el libro homónimo: a punto de morir, su padre, un escritor, le revela que fue él quien mando asesinar a su madre, muerta poco después de darlo a luz, y comienza a relatarle una elaborada historia para justificar su acto. El protagonista se desconcierta al principio, pero poco a poco se da cuenta que su padre lo está inventando todo, que aun al borde de la muerte no puede dejar de fabular: “y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre… Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella” (pp. 140-141). En un mundo en el que la realidad es inhabitable e incomprensible, la ficción –la literatura– es el único hogar posible.
En “Volver a casa (Alkiza, 1970)”, cuento de Hijos sin hijos, encontramos otro tipo de fantasía casera. Aquí el personaje, uno de los obstinados solteros que pueblan el libro, se deleita con la idea del hogar, de regresar a él (después, por ejemplo, de un día de trabajo), o de cancelar salidas y quedarse encerrado. En última instancia, el hogar que añora es el hogar primigenio, el vientre materno, como las imágenes de calor y humedad que asocia con su casa van apuntando y que termina por hacerse explícito: “¿Dónde se está mejor que en la propia casa si ésta, además, cuenta con una chimenea en la que arde un buen fuego que nos calienta y nos hace sentirnos como en el mismísimo vientre materno? No hay nada comparable a volver a casa, a sentirse uno en casa, a dormir en nuestra cama junto al fuego de siempre” (p. 163). Al final, la madre-hogar se identificará no solo con una figura individual, sino con la tierra o la naturaleza, adquiriendo así proporciones arquetípicas. En entrevista con Rodrigo Fresán, Vila-Matas concluyó enigmáticamente interrogando a su interlocutor: “Mira, ¿sabes que te digo? Que a la larga, la verdad no importa. Lo que importa es saber volver a casa. ¿Sabes cómo volver a tu casa?”.
Sin embargo, la casa no solo tiene connotaciones positivas: puede representar también el infierno del tedio y el aburrimiento, como en El viaje vertical: “todos aborrecemos el hogar confortable, ese domicilio fijo que lleva escrito el nombre de la muerte en la perfecta tristeza de nuestros muebles y en la bondad de la cama de cada día y en nuestra vida gris en perfecto orden miserable” (p. 83). Es esta sensación la que despierta el impulso, tan caro a los personajes vilamatianos, de huir, de mandar todo al diablo e irse. Muchos de ellos se sienten asfixiados por sus apacibles vidas domésticas y familiares y ansían una liberación, un escape. “El hogar es tan triste” es el título de un poema de Philip Larkin que al autor, fiel a su costumbre, le gusta parafrasear y cambiar el sentido. Vila-Matas, como es bien sabido, vivió durante treinta años en el mismo lugar, un pequeño departamento en Travesera de Dalt (transfigurada en su obra en la Travesía del Mal), en Barcelona. Allí escribió prácticamente toda su obra. Treinta años en las mismas habitaciones, entre más o menos los mismos muebles, viendo los mismos paisajes y las mismas cosas (“look at the pictures and the cutlery. / The music in the piano stool. That vase”, reza el poema de Larkin). El grado de familiaridad, de costumbre, de intimidad, pero también, inevitablemente, de infinito cansancio y tedio que una vida transcurrida en los mismos espacios puede llegar a alcanzar es prácticamente inexpresable. No es de extrañar, entonces, ese hartazgo de lo doméstico que es la otra cara de la noción vilamatiana de casa.
No obstante, hay otro nivel, acaso el más profundo, en esa noción, que busca un hogar desconocido y en el que el trayecto no es menos importante que la meta. El narrador de Aire de Dylan lo resume así: “creo que no es cierto que los hombres queramos, como Ulises, regresar a nuestro hogar. No todos estamos tan locos como para querer algo así. En una carta maravillosa, Franz Kafka dijo acerca de su estado de ánimo en el momento de escribir esa misiva (de amor, la envió a Felice Bauer): ‘Me siento como un chino que va a casa’. No dijo que volviera a su casa, sino que iba… Yo nunca trato de regresar, sino que intento encontrar una casa en el camino” (p. 309). La misiva en cuestión es una postal que Kafka envió a su novia el 15 de mayo de 1916 desde Marienbad, haciendo el elogio del lugar. El fragmento citado dice completo: “pienso que si yo fuera chino y estuviera a punto de volver a mi casa (en el fondo soy chino y vuelvo a casa), no tendría más remedio que arreglármelas como sea y volver aquí otra vez”. Como de costumbre, Vila-Matas altera levemente el sentido de la cita; en realidad, el texto kafkiano sí implica la idea del regreso a casa, así como la del regreso a un sitio que no es el hogar, pero en el que probablemente se es más feliz que en él. La identificación con lo chino –como símbolo de lo absolutamente extranjero o extraño– aparece aquí y allá en la obra de Kafka. Aquí, el chino kafkiano que va de vuelta a casa es transformado en alguien que no vuelve, sino que va, y que busca una casa en el camino. La frase final no deja de ser ambigua. Podría entenderse como que realmente espera encontrar una casa en el camino o, más sugestivamente, como que el camino es la casa. Sería prácticamente la refutación de toda idea de hogar fijo. La única meta posible sería el viaje; la única estabilidad, el movimiento; el único hogar, lo desconocido.