A partir de Extraña forma de vida, la conferencia se convirtió en motivo y recurso predilecto de la narrativa de Vila-Matas. Apenas exagerando, podría decirse que el héroe vilamatiano típico es aquel personaje que prepara o imparte una conferencia. Dicha preparación o la conferencia misma son el eje de la narración. Así ocurre, en diversos grados, en Extraña forma de vida, El mal de Montano, París no se acaba nunca, Doctor Pasavento, Aire de Dylan y Kassel no invita a la lógica. En la primera, por ejemplo, la totalidad de la novela consiste en los preparativos de una conferencia; en la segunda, el tercer capítulo, “Teoría de Budapest”, es una conferencia, pero, en un giro que muestra el uso que Vila-Matas suele darle como mecanismo novelesco, termina siendo una amalgama de géneros (ensayo, ficción narrativa, autobiografía, drama) y un espectáculo, una “conferencia-teatro” que, más que tratar el tema propuesto, trata sobre qué es y cómo se compone una conferencia, revela sus entretelones y propone un modelo que nada tiene que ver con el formato tradicional; en la tercera, toda la obra es una charla inverosímil pronunciada a lo largo de tres sesiones de dos horas en tres días. Ya sea, pues, como elemento estructural de la narración, recurso parcial o revestimiento, la conferencia siempre tiene un papel.
El motivo de la conferencia y, más precisamente, de su elaboración –el taller del conferencista– ha permitido a Vila-Matas delinear su poética de fusión de géneros y mostrar al lector los entresijos de su propio laboratorio literario. Esto ocurre notablemente en dos textos recogidos en el libro Desde la ciudad nerviosa, “Mastroianni-sur-Mer” y “Un tapiz que se dispara en muchas direcciones”. Se trata, en realidad, de dos ensayos escritos en fragmentos que cuentan la historia de cómo se elabora una conferencia determinada (en el primer caso sobre la adaptación cinematográfica de Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi a propósito de las relaciones entre cine y literatura, y en el segundo acerca de la mezcla de los géneros en la novela futura) al mismo tiempo que reflexionan libremente sobre diversos temas. En ambos tienen lugar momentos epifánicos en los que la conferencia parece cobrar conciencia y revelar al autor un aspecto fundamental de su identidad o de la naturaleza de su obra. Así en “Mastroianni-sur-Mer”: “ ‘El tema de la obra –dijo Valéry– es la toma de conciencia de sí misma’. He recordado leyendo esto a Wallace Stevens, que escribió: ‘La poesía es el tema del poema’. Y luego me he dicho que lo mismo podría decirse de ciertas narraciones y también de ciertas conferencias. De ésta, por ejemplo, cuyo tema principal podría ser, por qué no, la toma de conciencia de sí misma o, por decirlo de otro modo, la búsqueda lenta de la conciencia de sí misma, de mí mismo también –después de todo, yo soy mi conferencia–, del enigma de mis pasos por este mundo desde que decidí que sería como Mastroianni en La notte” (pp. 166-167). Lejos de la convencional disertación en público, la conferencia acaba siendo una verdadera forma de conocimiento y especialmente de autoconocimiento. La frase clave es, desde luego, aquella en la que el autor afirma su plena identificación con el texto que se trae entre manos: “yo soy mi conferencia” (de igual manera que Montaigne es sus ensayos: “soy yo mismo la materia de mi libro”). ¿Qué significa ser una conferencia? Ser, claro, su tema (pues, a fin de cuentas, no se habla sino de sí), pero, además, ser una pura materia verbal, que comienza en la escritura y acaba en la oralidad: un yo hecho de palabras.