“Soy alguien que se hace pasar por un crítico” (p. 257), dice el protagonista de “Chet Baker piensa en su arte”, más novela corta que cuento y una de las cimas de la narrativa vilamatiana (no lo suficientemente apreciada, por cierto, quizá por haber aparecido en una antología de relatos, cuando sin duda merecía ser editada por separado, en cuyo caso estaríamos hablando de otro Bartleby y compañía).
La crítica literaria es parte implícita, consustancial, de la obra de Vila-Matas. Ésta nace y se desarrolla del examen y comentario de otras obras, y él mismo se ha definido como un lector que escribe (y un crítico no es otra cosa que un lector que escribe sobre lo que lee). Solo que, en lugar de ejercer la crítica y la ficción narrativa de forma tradicional, ha fundido ambas en un solo discurso. “Ficción-crítica”, el subtítulo de “Chet Baker piensa en su arte”, podría serlo de toda su obra.
En El mal de Montano, el narrador –un novelista– se hace pasar inicialmente por un crítico e invierte irónicamente el lugar común: “¿Y por qué convertir al padre de Montano en un crítico literario? Anuncié que sería muy sincero en todo y voy a serlo en esto: soy un crítico literario frustrado” (p. 116). En realidad, en Vila-Matas siempre ha habido un crítico literario disimulado en un narrador, pero –rasgo típico del que es fundamentalmente un poeta, en el sentido etimológico, antes que un crítico–, la crítica que ejerce está subordinada a sus propios fines poéticos, creadores. Su interés no radica en la elucidación y juicio de una obra en sí mismos (objetivos naturales de la crítica), sino en la exploración de las posibilidades de esa obra para la propia. Al leer, hace suyos los textos y los incorpora a su torrente literario, transfigurándolos, pues de este proceso de asimilación los textos nunca salen indemnes, sino que se vilamatizan, dando como resultado una síntesis única.
Vila-Matas tiene claro el lugar de la crítica en la jerarquía literaria. Así lo ha expuesto en Dietario voluble: “Ironías aparte, si he de ser sincero, creo que la crítica se encuentra en el nivel más inferior de la literatura: como forma, casi siempre (hay brillantes excepciones, eso sí); y como valor moral, de una manera incontestable, pues viene después de los grandes trazados estructurales y de las noches sin dormir, que exigen cuando menos cierto esfuerzo de invención” (p. 35). La crítica, claro está, no existe por sí misma, es siempre un derivado y requiere de otro texto para ser. En este sentido, su inferioridad es indiscutible, pero la redime el hecho de que puede, ella también, aspirar a ser parte de la literatura, así sea subordinada. ¿Cómo? Del único modo en que un texto se vuelve literatura: mediante el cultivo esmerado de la forma, lo que por cierto más se extraña en ciertas críticas al uso, particularmente académicas, redactadas en una prosa rudimentaria y abstrusa que casi parece esforzarse en ser ilegible. Vila-Matas conoce bien ese tipo de crítica y ha emitido su opinión al respecto en El mal de Montano, en donde un personaje afirma: “soy un crítico de los de antes, alguien que está en contra de la jerga feroz y cabalística que se ha esparcido por los ambientes universitarios de los Estados Unidos, donde los profesores y críticos hablan de lo literario con tal indiferencia por el elemento estético, moral o político de la literatura propiamente dicha, que puede afirmarse que ésta ha desaparecido bajos los escombros de la teoría” (p. 98). En efecto, es un rasgo típico de nuestra época bizantina el hecho de que el estudio de la teoría prime con frecuencia sobre el estudio del texto literario mismo. A esta crítica, Vila-Matas opone otra cuyo ideal sería el de Julien Gracq en Leyendo escribiendo, comentado en Dietario voluble: “ ‘Lo que muy a menudo es ajeno a un crítico, pero está casi siempre tan presente en el autor: la noción de gasto vital implícito en una obra, y su evaluación’ ” (p. 259). Así como el poeta o el novelista extraen sus obras, no de un aspecto periférico o secundario de sus vidas, sino de su sustancia, así como ellos dejan parte de sí en su escritura, así el crítico debería aspirar a que su obra refleje un compromiso vital similar. Nunca podrá estar exactamente al mismo nivel, pues la crítica, como se ha recordado, no posee una existencia autónoma, viene siempre después de, pero el compromiso es posible (e inevitable) si estamos leyendo en serio, si el acto de lectura pone en juego nuestra visión del mundo y nos implica por entero. Una crítica, una explicación de texto, que naciera de la misma necesidad vital que un poema, drama o novela: ése sería el ideal de dicha crítica.