Vila-Matas compuso su primera novela –En un lugar solitario, publicada luego como Mujer en el espejo contemplando el paisaje– trabajando en un almacén del ejército español mientras hacía el servicio militar en Melilla en 1971. Allí, según cuenta la biomitología vilamatiana, un comandante le había encargado llevar las cuentas del lugar y, aparte, resolver un modesto misterio: averiguar quién se robaba el whisky cuya falta impedía que salieran las cuentas. El novelista en ciernes e inesperado detective se aplicó a su doble tarea, escribir y espiar, solo para acabar descubriendo, en un final digno de Ellery Queen, que quien sustraía el alcohol era el mismo comandante que le había encomendado investigar el caso. “Desde entonces –escribe retrospectivamente el autor en el prólogo a En un lugar solitario. Narrativa 1973-1984–, indagar y escribir me parecen dos actividades paralelas, a veces casi idénticas” (p. 12).

Desde la fundación del género detectivesco con “Los asesinatos en la calle Morgue” de E. A. Poe, las acciones de investigar y espiar pueden verse íntimamente relacionadas con los actos de leer y escribir. Escribir es, en efecto, indagar, pero, obvia y previamente, leer es indagar. Lectores y escritores son detectives (y estos, a su vez, como Dupin o Sherlock Holmes, suelen ser extraordinarios lectores; ambos, a fin de cuentas, tanto el lector como el detective, están frente a un serie de signos que es necesario interpretar para encontrar un sentido). La obra de autores como Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y, por supuesto, Vila-Matas ha dado sobrada cuenta de las posibilidades de esta relación.

Ya La asesina ilustrada plantea una suerte de historia policial en la que los personajes y, en última instancia, el propio lector, deben averiguar qué secreto se oculta tras las misteriosas muertes asociadas a la lectura de la obra homónima de la protagonista, Elena Villena. El tema de fondo de la novela es el acto de leer y la exégesis de un texto, como lo descubre la infortunada crítica Ana Cañizal: “analizando detenidamente el texto de La asesina ilustrada, fui, página por página, comprobándolo” (pp. 159-160). Leer es indagar; reflexionar y escribir sobre lo leído (la tarea del crítico) es indagar doblemente; para averiguar el verdadero sentido de las cosas es preciso investigar, abierta o veladamente, o sea, como un espía.

En Impostura, espiar es una de las acciones clave de la novela. El loco Jeremías, “gran amante del espionaje” (p. 415), es sorprendido oculto tras una puerta por Barnaola, que le pregunta qué hace ahí: “espiar –fue su diáfana respuesta” (p. 442). Pero no solo Jeremías espía, Barnaola gusta también de espiar al doctor Vigil y, además, a partir de ese momento, encomendará al loco que espíe al misterioso desmemoriado. “¿Y qué he de averiguar?”, pregunta Jeremías; “tú sabrás”, responde Barnaola. Vila-Matas ha sostenido varias veces que, contrario a lo que piensa mucha gente, un escritor no se pone a escribir sabiendo exactamente qué es lo que quiere decir, sino que es en el proceso mismo de la escritura que lo va descubriendo. El escritor, como el espía, está inmerso en una investigación cuyo objeto último ignora y que solo se le irá develando poco a poco.

Sin embargo, es en Extraña forma de vida que las relaciones entre espionaje y escritura acaban de desarrollarse por completo. En esta novela –entre otras cosas, una delirante lectura paródica del Libro del desasosiego de Fernando Pessoa–, el narrador (naturalmente, un escritor) explica cómo tanto lectores como escritores son forzosamente espías: los lectores, “espías de lo que se cuenta y de lo que no se cuenta, y también espías de sí mismos mientras espían ambas cosas. Por no hablar de los autores que, para escribir sus novelas, han tenido que salir a la calle a espiarlo todo, sobre todo las vidas ajenas… todos nosotros, los que contamos historias, somos espías, mirones” (p. 22). En este sentido, el ideal del escritor sería Dios, que está en todas partes y lo ve todo. No obstante, para un escritor hay quizá algo más importante que saber espiar a los demás: saberse espiar a sí mismo. Para ello, es preciso desdoblarse o, mejor dicho, asumir su duplicidad, distanciarse y verse como otro. En última instancia, no es fuera de sí, sino dentro, donde habrá de buscar su obra. ¿Quién es, pues, el escritor? El espía de sí mismo.