Una de las consecuencias, quizá inevitables, del fenómeno Vila-Matas es el surgimiento de una legión de imitadores (ya satirizados por el propio autor en el cuento “Imitadores de Vok” en Chet Baker piensa en su arte). En efecto, abundan los aspirantes a shandys, oblomovs y, en general, vila-matitas que intentan copiar los recursos, gestos, bromas y hasta manías y tics del maestro. Y es que Vila-Matas, como Borges, es un autor que puede ejercer tal fascinación (en el sentido estricto de cautivar y hechizar) que la tentación de imitarlo resulta casi irresistible, pero que es rigurosamente inimitable, y el intento suele acabar en caricatura. Los dos son escritores únicos, singularísimos, y quien pretendiera parecérseles terminaría convertido, indefectiblemente, en un pobre remedo del original (más complejo es el problema cuando el autor acaba imitando la mejor versión de sí mismo, parodiándose involuntariamente, suerte de la que ni los grandes escritores están exentos). Vila-Matas ha intentado ahorrarles el esfuerzo con una lapidaria boutade: “nadie escribe como yo”.