En Aire de Dylan, los protagonistas, Vilnius y Débora –jóvenes artistas sin obra, seductores, indolentes, caprichosos, descendientes directos de los shandys–, forman una sociedad de lo infraleve: “lo infraleve era, para ellos, el roce de unos pantalones al caminar, un dibujo al vapor de agua, un vaho sobre el cristal de una ventana” (p. 201). Como muestran sus ejemplos, la infralevedad es un arte de la sutileza, de lo aparentemente insignificante, de lo instantáneo y fugaz. Es, en realidad, una forma de estar en el mundo y, como el shandysmo, una postura estética frente a la vida. El infraleve no tiene grandes proyectos (de preferencia, no tiene ningún proyecto): vive al día, se esfuerza lo mínimo, hace de la pereza un arte. Su santo patrono es Oblomov, el antihéroe de la novela homónima de Goncharov, pero en este caso –como en el de los bartlebys o los propios shandys–, Vila-Matas ha operado una transformación, pues su Oblomov no es el del original. Goncharov pretendía hacer una denuncia satírica de la indiferencia y el ocio de la nobleza rusa, no una seductora apología de la inactividad; por esto, el verdadero héroe de la novela es el dinámico Stoltz, cuya energía e iniciativa ensalza. Sin embargo, la posteridad ha jugado a favor de Oblomov que, desde su cama y sin mover un dedo, ha derrotado por completo a su amigo, al que nadie recuerda. El Oblomov vilamatiano no es el abúlico bueno para nada que quería Goncharov: es un artista de la pereza, un dandi de la desgana. Este Oblomov es el modelo de los infraleves, que al final de la novela declaran orgullosamente: “no hacemos nada, pero somos indispensables” (p. 324).