Vila-Matas es el artista de la lentitud. Su propio desarrollo como escritor fue más bien moroso, gradual, sujeto a varias etapas. Y es que no es fácil, como sabemos desde Píndaro, llegar a ser el que se es. Él mismo tuvo una temprana conciencia de ello, como recuerda en “No hay que hacer nada luego”: “notaba que aún no era yo, aunque, eso sí, sospechaba que un día sería por fin yo, solo era cuestión de paciencia, de no precipitarse, de ser un viajero sin prisas; a ser posible, ser el viajero más lento” (p. 49). En las antípodas del turista moderno que corre de un lado a otro sin ver nada, el viajero lento reivindica los placeres de la demora y la calma. El viajero más lento es el afortunado título de la primera colección de ensayos de Vila-Matas; ahí, el viajero en cuestión es Valery Larbaud, narrador, crítico y traductor francés, creador del fabuloso erudito A. O. Barnabooth y autor de un “Elogio de la lentitud”, pero la metáfora es aplicable al propio Vila-Matas: él es el viajero más lento.

La obra vilamatiana tuvo una larga y a ratos tortuosa prehistoria que abarca cuatro libros: Mujer en el espejo contemplando el paisaje, La asesina ilustrada, Al sur de los párpados y Nunca voy al cine. Libros en mayor o menor medida experimentales en los que los esfuerzos formales y estilísticos son demasiado evidentes, como suele ocurrir en las obras primerizas, y en los que un joven y exuberante narrador –con mucho que decir, pero pocos recursos para hacerlo– intentaba encontrarse a sí mismo: convertirse en el que era. Y es que ya está allí, latente en medio de una imaginación desatada, a ratos casi surrealista, y una prosa que avanza a trompicones, el Vila-Matas futuro. Esto cambió notablemente con Impostura, novela en la que la forma se fundió armoniosamente con la imaginación y su primera obra artísticamente lograda. A partir de entonces y del siguiente título, la mítica Historia abreviada de la literatura portátil, no sin retrocesos y dificultades, su obra fue consolidándose gradualmente hasta alcanzar sus mayores cimas en la primera década del siglo XXI. Estamos hablando, desde la publicación de Mujer en el espejo en 1973 hasta Bartleby y compañía en el 2000, de prácticamente treinta años. Tres décadas de una paciente, laboriosa y no siempre atendida construcción de una obra. La celebridad actual de su autor hace olvidar con facilidad esos años de escritura y publicación casi secretas. Pero la virtud de los viajeros lentos es, precisamente, la paciencia, la constancia del que avanza poco, pero con firmeza.

La lentitud es una marca shandy en la Historia abreviada de la literatura portátil. Nacido bajo el signo de Saturno, el planeta de la melancolía y el que más tiempo tarda en completar su órbita, el shandy hace de la lentitud un arte y una forma de vida: “como la lentitud es un rasgo del temperamento melancólico, en Trieste pasa el día en las tumbonas, y esa lentitud se manifiesta por la forma que tiene el de leer el mundo” (p. 119). Y es que si la buena lectura es, casi por definición, lenta (no por nada Nietzsche definió la filología precisamente como “el arte de la lectura lenta”), la lectura del Gran Libro del Mundo, como lo llamó Descartes, debe ser más lenta aún. A partir de entonces, un personaje aparecerá de manera recurrente en la obra vilamatiana: el hombre, por lo general un artista, que ha ido madurando lentamente, el artista de la lentitud (este hombre es Anatol en “El arte de desaparecer” de Suicidios ejemplares, José Ferrato en “El vampiro enamorado” de Hijos sin hijos o el narrador de El viaje vertical). En el cuento “La visita al maestro” de Una casa para siempre, el protagonista recuerda la despedida de los escenarios del ventrílocuo Veranda: “yo soy alguien ̶ le oímos decir ̶ al que habéis ido conociendo muy lentamente y siempre a través de trazos inciertos, dibujado por temblorosa mano. Yo soy alguien que no tiene nombre ni lo tendrá y que es muchas personas y, al mismo tiempo, una sola. Y soy alguien que os ha exigido paciencia porque habéis tenido que asistir al proceso de construcción lento y tembloroso de una figura humana” (p. 113). La pessoana descripción se ajusta sin dificultad al propio Vila-Matas, cuya evolución artística (al momento de escribir Una casa para siempre, por cierto, apenas en una segunda etapa) y construcción de un público fue extremadamente lenta. Este último proceso, de hecho, constituye uno de sus máximos logros. Las obras literarias convencionales encuentran a sus lectores ya hechos, listos para digerir un alimento bien conocido; las innovadoras, no. Éstas tienen la particularidad de tener que crear a sus lectores (y, por supuesto, a diferencia de las otras, corren el riesgo de fracasar). A esto se refiere en el ensayo “El acero del dolor”, donde retoma la metáfora de la lentitud: “¿Oíste hablar de aquellos que educan, con el rancio estilo de los viajeros más lentos, a sus lectores? Ojalá un día seas tú mi mejor obra” (p. 113).