“No estoy aquí para escribir, sino para enloquecer”. La frase de Robert Walser pronunciada a las afueras del manicomio se convierte en el santo y seña del Dr. Pasavento, que se la apropia y hace de ella un relato ultracorto titulado precisamente “Locura”. Como motivo, ésta se encuentra en las raíces más profundas de la obra vilamatiana. El autor ha contado varias veces y de diversas formas cómo su primera obra, Mujer en el espejo contemplando un paisaje, nació indirectamente de un arrebato de locura. La historia forma parte ya de su mitología: mientras hacía el servicio militar en Melilla, a principios de los setenta, el joven conscripto tuvo a bien un día meterse un explosivo coctel de alcohol, hachís y anfetaminas, con las previsibles consecuencias. El resultado final fue ir a parar una breve temporada al manicomio del Hospital Militar, donde tuvo oportunidad de observar de primera mano a locos de verdad. Al salir, y considerado no apto para la mayoría de las tareas militares, fue enviado al almacén donde para pasar el tiempo escribiría Mujer en el espejo.
Impostura, la primera novela formal y con la que el autor dejaba atrás una primera etapa de aprendizaje, está estrechamente ligada a la locura: transcurre en un manicomio y sus protagonistas son los médicos y pacientes del hospital. Aquí el tema aparece asociado con otras dos obsesiones vilamatianas, inseparables entre sí: la identidad y la memoria. De hecho, la sospechosa locura del personaje principal se origina aparentemente en la pérdida de esta última. Sin recuerdos no hay identidad posible y esto abre las puertas a la demencia, real o fingida. Liberado de su personalidad original, el Desconocido decide apropiarse de una nueva, la del desaparecido profesor y escritor Ramón Bruch, pero con tanto éxito que acaba asumiendo y perfeccionando la vocación literaria de éste, descubriéndose eventualmente sometido por completo a la literatura. La locura, o su comedia, ha conducido a la escritura. Todo poeta es, desde luego, un fingidor.
Los shandys son, por definición, chiflados, locos inofensivos que oscilan entre la alegría y la melancolía. Todas las criaturas vilamatianas (los suicidas ejemplares, los hijos sin hijos, los bartlebys, los exploradores del abismo) tienen algo de locos, pero de una locura lúcida emparentada con la de los personajes cervantinos (el Quijote, el Licenciado Vidriera) y cuya genealogía podría rastrearse hasta la Moria erasmiana del Elogio de la locura. A partir de El mal de Montano y notablemente en Aire de Dylan, la figura de otro loco célebre se vuelve protagonista de la narrativa vilamatiana: Hamlet. El príncipe de Dinamarca, ya se sabe, finge su locura, pero su melancolía, su incertidumbre y su irresolución son bastante reales. Hamlet es, en el fondo, el primer suicida ejemplar, el original hijo sin hijos, el bartleby primigenio (“words, words, words”) y un genuino explorador del abismo.
Sin embargo, es en Doctor Pasavento donde, de la mano de Robert Walser, la locura, junto con los temas de la escritura y la desaparición, adquiere mayor protagonismo. La novela gira alrededor de la peregrinación del protagonista a Herisau, la localidad suiza donde se encuentra la clínica mental en la que Walser pasó más de veinte años, hasta su muerte. Sin embargo, a la hora de llegar al lugar exacto donde el autor de El paseo cayera fulminado en medio de la nieve, Pasavento espera la epifanía en vano. Allí, en el centro de su mundo, la revelación nunca ocurre. Comprende entonces que la renuncia a la escritura por parte de su héroe (que se dio prácticamente a la par de su entrada al sanatorio) fue un acto de sabiduría y libertad. Al final de la novela, encerrado en una habitación de hotel, Pasavento parafrasea la sentencia de Walser: “no estoy aquí para escribir demasiado, sino para dedicarme al arte de desvanecerse” (p. 387). La verdad vilamatiana se oculta entre ambas: no está aquí para enloquecer, sino para escribir y, mediante la escritura, difuminarse.