El mal de Montano es una patología de lo literario, la enfermedad causada por el exceso de literatura. Borges, que lo padecía avant la lettre, hizo un diagnóstico lapidario: “estoy podrido de literatura”. La literatura, que en principio es solo parte de la vida, comienza, como la hiedra, a extenderse por ella, a sujetarla, a colarse hasta el más escondido de sus rincones. Cuando el sujeto que lo sufre se da cuenta (por fortuna una minoría, pues las condiciones necesarias para su desarrollo no son comunes), ya no tiene una vida aparte de la literatura: ésta se ha fundido con aquella y, como en el caso de ciertos parásitos, no podrá extirpársele sin matar también al organismo que lo aloja.
El mal está vinculado al temperamento melancólico: “miré el mar y vi sólo una humeante lágrima negra y, lentamente, como vencido por el mal de Montano, me fue ganando una melancolía total” (p. 56). Presidida por Saturno, ésta se asocia desde la Antigüedad a la literatura y el arte. El poeta, el artista, el filósofo, son por naturaleza susceptibles. Pero si la bilis negra es propicia a la creación y al pensamiento, en exceso puede engendrar la locura: el furor melancholicus. Aunque al principio el protagonista lamenta su condición y teme acabar siendo engullido por la literatura, gradualmente advierte que el mal es también su defensa, que, si bien nunca ha tenido oportunidad de elegir, en él radica su verdadera vocación. La actitud no está exenta de melancolía, pero ya no hay en ésta riesgo de desesperación, la ha aceptado: “por eso ahora puedo decir tranquilamente que, entre la vida y los libros, me quedo con éstos, que me ayudan a entenderla. La literatura me ha permitido siempre comprender la vida. Pero precisamente por eso me deja fuera de ella. Lo digo en serio: está bien así” (p. 142). Más adelante, incluso, comentando una cita de El hombre sin atributos de Musil, la aceptación se convierte en orgullo y celebración: “«nuestra vida debería ser total y únicamente literatura.» Aplausos para Ulrich. Me pregunto por qué seré tan estúpido y llevo tanto tiempo creyendo que debería erradicar mi mal de Montano cuando éste es lo único valioso y realmente confortable que poseo” (p. 200). El mal es el bien; la maldición, una bendición, y la condena, la única posibilidad de salvación.