En agosto de 1973, de paso por Varsovia, Vila-Matas –entonces de veinticinco años y autor de un único libro, el reciente y prácticamente desconocido Mujer en el espejo contemplando el paisaje– telefoneó a Pitol, a la sazón agregado cultural en la embajada de México. Se habían conocido vagamente en Barcelona, pero no fue sino hasta entonces que comenzó su amistad y una larga y fecunda relación literaria. Pitol, ha declarado Vila-Matas varias veces, fue el primer escritor que lo tomó en serio y que lo trató como tal. Quince años mayor, al principio ocupó de manera natural el papel del maestro, pero un maestro que es ante todo un amigo, sin la distancia y la gravedad típicas de la relación entre mentor y discípulo. Comparten la admiración por ciertos escritores excéntricos y minoritarios (digamos, Gombrowicz, Robert Walser, Bruno Schulz, además, claro, de Kafka, Borges, Beckett, etc.). Habitan una zona común de la literatura –una zona en la que la pasión por la trama no descuida la forma; las fronteras entre narrativa, ensayo y autobiografía se difuminan; hiperconciente de sus orígenes literarios; en constante diálogo con los autores y obras que forman su tradición– y de allí sus afinidades electivas. Quizá lo más importante que haya enseñado Pitol al joven Vila-Matas, más que haber ejercido un influjo directo en su obra, haya sido una sensibilidad literaria, una forma de comprender y ejercer la literatura. Con el tiempo, la relación inicial se empató y se convirtió en un diálogo de iguales (y a nada más noble puede aspirar un verdadero maestro que a establecer una relación equilibrada con su antiguo alumno y estar dispuesto, si es el caso, a ser superado por él). Conforme la obra de Vila-Matas se fue ahondando (notablemente a partir de Bartleby y compañía), Pitol escribió que los términos originales se invirtieron y el discípulo se convirtió en el maestro. Vila-Matas, naturalmente, ha rechazado la idea, pero la verdad es que libros como El mago de Viena, acaso la mejor obra de Pitol, no se explica sin la influencia vilamatiana. En última instancia, la relación entre ambos es un modelo de lo que puede ser una relación maestro-discípulo (delicado vínculo que no siempre termina bien y que puede incluir el resentimiento y el canibalismo), aquella en la que el maestro forma generosamente al alumno, luego lo trata como igual y finalmente no tiene a desdoro aprender de él. Ésa es, para decirlo en términos jamesianos, la verdadera lección del maestro.