Hacia 1935, Marcel Duchamp creó la primera boîte-en-valise, que consistía en una maleta de cuero cuyo interior guardaba reproducciones en miniatura de su obra, suerte de museo personal ambulante. Este artefacto vanguardista se encuentra en el origen de uno de los conceptos vilamatianos más afortunados: la literatura portátil.

Lo portátil es una vieja obsesión de la Modernidad. Objetos de la vida cotidiana que antiguamente estaban fijos o confinados a un espacio determinado comenzaron a independizarse y a poder ser llevados con facilidad de un lugar a otro, fenómeno hoy acelerado hasta el vértigo. Dinamismo, movilidad y ligereza se convirtieron en los nuevos imperativos. La boîte-en-valise de Duchamp es una cifra irónica y temprana de ese impulso: a la mole inamovible del museo tradicional obsesionado con la originalidad opone el museo portátil hecho de copias. El arte moderno cabe en una maleta.

El ideal de la literatura portátil es el ideal de la ligereza; una literatura divertida, lúdica, jovial, en oposición a otra grave, pretenciosa y circunspecta. De allí que la prueba máxima de lo portátil sea pasar por la fantástica báscula diseñada por Walter Benjamin, que determina con exactitud el peso de una obra. Clásicos incontestables como Dante o Goethe difícilmente clasificarían como portátiles; el ámbito de lo portátil es más bien el de la gran literatura menor, el del escritor que no busca la trascendencia ni la inmortalidad y asume gustoso su levedad. Paul Morand, viajero en perpetua fuga, sería un portátil; su admirado Marcel Proust, evidentemente no. Y Morand, por cierto, que abominaba de la idea de obras completas (“las obras completas aplastan al lector; matan al autor y arruinan a los editores”), dijo alguna vez que su última voluntad sería que hicieran una valise con su piel. No llevar sencillamente una maleta ligera, sino transformarse en una: culmen de las aspiraciones portátiles.