La ciudad natal de Kafka se ha convertido en la obra de Vila-Matas en el símbolo de la literatura y, más precisamente, de la resistencia de la literatura frente a sus enemigos: el mercado, el best-seller, la vulgaridad literaria. En el penúltimo relato de Hijos sin hijos, el protagonista, Antonio, pasa la vida fantaseando sobre la ciudad checa mientras mantiene un romance incestuoso con su hermana. Ésta, para traicionarlo, se va con un hombre que es su extremo opuesto, un ejecutivo norteamericano de Disney. En un viaje en yate, éste confía a los hermanos sus planes: “nuestro proyecto en Praga es bien sencillo… Por el puente Carlos, previamente reformado, desfilarán los 101 Dálmatas… Las orejas de Mickey Mouse coronarán las torres gemelas de la iglesia de Tyn. Para la casa de Kafka, un nuevo inquilino: el Pato Donald” (p. 211). Antonio, privado de furia, solo alcanza a murmurar: “Praga es intocable, es un círculo encantado, con Praga nunca han podido, con Praga nunca podrán” (p. 212). Acto seguido, le parte la cabeza con un remo. En El mal de Montano, el héroe emprende una quijotesca cruzada en defensa de lo literario y contra sus adversarios, personificados por los topos de la isla de Pico y los miembros de la Acción Sin Paralelo. En el delirante final, en un encuentro de escritores que tiene lugar en los Alpes, se encuentra con Robert Musil que, al ver que están cercados por sus enemigos, repite textualmente las palabras de Antonio, convertidas ya en una especie de letanía –podríamos llamarla la Letanía de Praga– a la que acudir en las horas difíciles de la literatura. En sus conversaciones con André Gabastou, Fuera de aquí, Vila-Matas ha precisado la naturaleza de su obsesión con la ciudad. En tanto origen de Kafka, representó para el siglo XX una nueva literatura, particularmente una nueva narrativa que se alejó de los códigos del Realismo decimonónico porque lo que buscaba no era la realidad, sino la verdad: “esa literatura tan separada, tan enraizada en la búsqueda de la verdad, es para mí intocable, quiero defenderla hasta la muerte. Por eso quiero pensar que Praga es intocable” (p. 153).
El cuento-prólogo de Exploradores del abismo, “Café Kubista”, está situado, naturalmente, en la capital checa. El narrador ha escrito un libro en su juventud, Nuevas impresiones de Praga, sin haber estado nunca en ella, hasta entonces. Allí reflexiona sobre su regreso al género de su juventud, el cuento; sobre Kafka y los personajes de su nuevo libro, y sobre las consecuencias del colapso físico sufrido recientemente (análogo al que efectivamente sufrió Vila-Matas en 2006): “discreción, geometría, elegancia, calma. Ya no me agito, ya no voy por el lado más bestia de la vida, las estrellas son mapas de abismos exteriores, no tolero la soledad, temo la insidia del tiempo y de la edad, el insomnio, el temblor de los límites” (p. 16). A un siglo de Kafka, Praga –la literatura que se originó en ella– sigue siendo intocable.