Símbolo por excelencia de la metamorfosis y la renovación, la serpiente es el animal emblemático de la obra vilamatiana. En el cuento “Mar de fondo” de Una casa para siempre, Andrés anuncia su inminente transformación: “Mi viejo traje está ya desgastado, tendría que cambiarlo, no me siento a gusto ya con él. Creo que me encuentro en ese estado en el que se encuentra la serpiente ante la muda: la luz del día se hace molesta, y entonces ella, como buena serpiente, se retira a su agujero” (p. 75). La metamorfosis que representa la serpiente es lenta, pero definitiva. En El viaje vertical, el cambio de piel está directamente relacionado con el acto de la creación literaria: escribir es transformarse, se (re)nace a partir de la escritura. Por eso el narrador, con un guiño al Góngora del soneto “Varia imaginación, que en mil intentos…”, observa: “a veces tengo la impresión de que surjo de lo que he escrito como una serpiente surge de su piel, aquí en esta isla de palmeras y eternidad donde todos los días hundo en tinta mi pluma y donde el tiempo, en su teatro armado sobre la calma y el poco viento, también para mí pasa lento y pasa fácil, porque la vida es fácil, y mi reloj muy lento y, además, para qué negarlo, yo sólo soy un principiante, el principiante más lento” (p. 153).

En el “Segundo dietario voluble”, incluido en la antología de ensayos Una vida absolutamente maravillosa, Vila-Matas consigna una narración breve en tercera persona (quizá el relato de un sueño), en la que el protagonista se topa con una serpiente en Savoy Court, en Londres, en la víspera de que una nube de ceniza cubriera buena parte de Europa en 2010, paralizando el tráfico aéreo: “¿Qué hace en plena calle esa culebra? ¿Es la serpiente de todos los cuentos? ¿La de los presagios, la que anuncia todas las catástrofes? En todo caso es la más preparada para esta clase de actividades. ¿No decía Nietzsche que la serpiente era el más inteligente de los animales? ¿Lo decía tal vez porque vio en ella una forma diferente de la inteligencia, la proximidad a la tierra? A fin de cuentas, lo peor en este mundo es dudar de lo que la tierra quiere y justamente la serpiente sabe lo que ella desea” (p. 334). La serpiente como augurio –la serpiente profética– es tan antigua como Homero. En la Ilíada (II, 301-330), una serpiente que devora a un ave y sus ocho polluelos anuncia a los griegos la duración del sitio de Troya. Por otro lado, como reptil (la palabra serpiente viene del latín serpens, derivada de una raíz que significa reptar o arrastrarse), vive en íntimo contacto con la tierra (y suele, además, habitar dentro de ella); es, por ello, su mejor emisario e intérprete.

En este breve relato, el personaje, un escritor, recapitula momentos decisivos de su existencia y parece acercarse a una epifanía, una revelación. Juega con la idea de escribir la novela de su vida y, en el último capítulo, hacer “una evocación de los días de juventud en los que se dedicó a inventar los recuerdos de los otros (y luego también citas de los otros; inventadas algunas, pero otras verdaderas) para poder tener una personalidad propia” (p. 332). Como el narrador de El viaje vertical, él también nace de la escritura, pero, en principio, de la (re)escritura de los otros, que absorbe, que hace propia, y que eventualmente da lugar a su escritura personal, única, y su verdadero ser: metamorfosis, cambio de piel (y el lector apenas se sorprende al descubrir que las entradas del dietario que inmediatamente siguen a ésta tratan de otra mudanza, el cambio de domicilio en Barcelona, luego de décadas en Travessera de Dalt, al Ensanche).