Desde, por lo menos, Impostura hay en la obra de Vila-Matas una obsesión casi dostoievskiana (más precisamente: walseriana) por la servidumbre y la subordinación. El gran sueño de Barnaola, el protagonista, es dejar su vida gris de secretario en un manicomio de Barcelona, huir a un país remoto “y convertirse en el sirviente de un gran señor: recibir órdenes, sin tener que pensar en nada más que cumplirlas, permaneciendo lúcido, ligero y sereno, ajeno a los pensamientos” (p. 452). Hay felicidad en la abdicación de todo pensamiento y toda voluntad. Al final, verá su aspiración colmada cuando, siguiendo al impostor, el falso profesor Bruch, huya a Río de Janeiro y se convierta en su mayordomo. Pero la dialéctica amo-sirviente está lejos de ser transparente. A la larga, no hay amo que no acabe por depender de su subordinado y, entonces, ¿quién es el amo y quién, realmente, el siervo? Aparte, el impostor, al apropiarse de la personalidad de un escritor y decidido a continuar su obra, se encuentra de pronto sometido “al más noble pero también al más implacable de los amos” (p. 474): la escritura. Como descubre Enrique Tenorio en Lejos de Veracruz, escribir, más que una opción, es una imposición: se escribe porque no se puede no escribir. “¿A qué me condenas?”, pregunta al fantasma que lo visita en su habitación. “A tener insomnio y escribir sin descanso alguno. A eso te condeno” (p. 210), es la perentoria respuesta (el escritor, como Kafka sabía bien, es el que no duerme).
La poética de Vila-Matas nace de la servidumbre y la dependencia. En El mal de Montano, el narrador, Rosario Girondo, observa los principios de una ética de la subordinación a propósito de un ensayo de Alan Pauls sobre Borges y los personajes de éste y Robert Walser. Girondo/Vila-Matas se reconoce como un parásito literario cuya obra comenzó copiando obras ajenas e intercalando de vez en cuando algo propio para después, poco a poco, irse independizando y encontrando una voz propia: “yo encontré lo mío en los otros, llegando después de ellos, acompañándoles primero y emancipándome después” (p. 122). La servidumbre es, pues, el camino hacia la libertad. Por ello, no es absurdo que Barnaola, al final de Impostura y desde la más radical condición de subordinado, declare al profesor: “creo que le debo a usted mi libertad” (p. 474).
Ser un subordinado equivale, además, a tener un lugar, así sea modestísimo, en el universo: a ser parte de un orden. Como en la sociedad medieval, no está completamente desamparado quien, de un modo u otro, forma parte de un sistema, aunque sea en los últimos escalafones del mismo. Éste es el consuelo que encuentra Luc, el protagonista del relato “Así son los autistas” en Exploradores del abismo, cuando finalmente logra ser aceptado como ayudante en el hospital: “por primera vez fue consciente de que, a diferencia de cuando era por completo insignificante, ahora al menos era un asistente que emitía pequeñas señales de vida en una platea vacía” (p. 94).