Con el Tristram, en el siglo XVIII, Laurence Sterne retomó la novela donde Cervantes la había dejado (no deja de ser curioso, por cierto, que nadie en español haya querido recibir esa herencia) y la llevó un paso más allá. La libertad formal que despunta en el Quijote, la digresión como núcleo de la novela y la visión cómica de la vida explotan por completo en la obra de Sterne. Walter y Tristram Shandy, el tío Toby, Trim y Yorick son los verdaderos herederos de Don Quijote y Sancho. A fin de cuentas, Cervantes y Sterne son miembros de una misma familia espiritual: alegre, irónica, compasiva, profundamente humana. La misma a la que, mezclada con otras genealogías, pertenece el mejor Vila-Matas. Su nombre quedó indisolublemente asociado al héroe de Sterne a partir de la Historia abreviada de la literatura portátil (1985), que vio el nacimiento de los shandys, primeras criaturas vilamatianas, a las que seguirían los suicidas ejemplares, los hijos sin hijos, los bartlebys, los exploradores del abismo, etc. Pero el shandy de Vila-Matas no es, naturalmente, el Shandy de Sterne, al igual que el bartleby no es tal cual el personaje de Melville. El shandy debe más a la Vanguardia que a la novela del siglo XVIII y es una singular cruza de Sterne y Marcel Duchamp.

“Shandy –informa en nota al pie el narrador de la Historia–, en el dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshire (donde Laurence Sterne, el autor del Tristram Shandy vivió gran parte de su vida), significa indistintamente alegre, voluble y chiflado” (p. 10). Esos tres serían, en principio, los rasgos de marca del shandy. Después se precisarán otros, aparte de la soltería y la portabilidad: “espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud, cultivar el arte de la insolencia” (p. 13).

El shandy es, casi por definición, un artista: un escritor, un pintor, un actor. Pero el shandysmo, más que una doctrina estética, es una actitud vital o, mejor dicho, una actitud estética hacia la vida, hecha de hedonismo, despreocupación y vagancia. Alegres y ligeras, estas criaturas tienen, sin embargo, su lado oscuro, representada por su tendencia a las femmes fatales, su cortejo al suicidio, su propensión a la melancolía y, sobre todo, la existencia en su interior de los odradeks, esos inquilinos negros, sus dobles negativos, que las persiguen incansablemente. Tras la fachada risueña del shandy se esconde un fondo melancólico. Igualmente paradójico es que este apologista de la ociosidad y la falta de pretensiones pueda ser, en el fondo, un trabajador infatigable, un ser dispuesto a asumir la soledad en aras de la creación de una obra artística (portátil, claro está).