La hidra íntima de la obra de Vila-Matas y, diría yo, su centro negativo secreto. Si bien ya Impostura inicia con una magistral estampa del tedio (la descripción de las áridas tardes del doctor Vigil y Barnaola, primero en el rutinario trayecto en tranvía, quejándose siempre de las mismas cosas, y luego en un café miserable, bebiendo anís a sorbos: “todo monótono y gris, ligeramente nimio. Así iban pasando los días, con su parsimonia estéril y aplastante”, p. 411), quizá no es sino hasta Suicidios ejemplares que éste se hace sentir con todo su peso. Allí, buena parte de los personajes se siente orillado al suicidio (que, por cierto, casi ninguno comete), precisamente por el tedio. Como el protagonista de “Muerte por saudade”, que descubre “que la vida es inalcanzable en la vida, que la vida está muy por debajo de sí misma y que la única plenitud posible es la plenitud suicida” (p. 24); o como Rosa Schwarzer, ejemplar esposa y madre de familia (y pocos ámbitos en Vila-Matas más propicios para el análisis de las miserias del tedio que el conyugal y familiar), que el día que cumple cincuenta años se despierta con una incómoda interrogante: “esta vida para qué” (p. 44).
El tedio –desde, por lo menos, el ennui y el spleen de Baudelaire, pero bien podríamos remontarlo hasta la acidia de Petrarca– es el gran compañero de la modernidad literaria. Prácticamente todos los grandes escritores modernos han sido eminentes tediosos. El tedio consiste en un malestar indefinible, un aburrimiento profundo que todo lo impregna y conduce a la apatía y la parálisis. Ilustre víctima y autor de la obra maestra del tema, Fernando Pessoa atribuía su origen, en última instancia, a la falta de una fe o una mitología: “quien tiene Dioses nunca tiene tedio” (Libro del desasosiego). ¿Pero quién, verdaderamente moderno, puede tener dioses?
En Vila-Matas, el tedio ya no es solo ese mal romántico o decadentista que afecta a unos cuantos espíritus superiores; se ha democratizado e infiltra la vida de los seres más grises y anodinos. Su núcleo, más que una elegante desesperación por aburrimiento, es la prosaica rutina, la monotonía de la vida cotidiana, la inevitable reiteración de una serie de actos minúsculos en la que se concentra todo el hastío vital, como, parafraseando a Valéry, se observa en Doctor Pasavento: “cada día me deprimían más las repeticiones y todo comenzaba a parecerme insoportable. Levantarse, vestirse, comer, escribir, defecar, desvestirse, acostarse. Todo me lo sabía ya de memoria, hasta la locura” (p. 157). Bioy Casares, por cierto, en su monumental Borges, consigna una observación similar del autor de El Aleph: “sentir, en cama, de noche, que todo es horrible, hecho de repeticiones, incomprensible: ‘Ver, de pronto, toda la vida como una sucesión de ciclos triviales y repetidos. Te acercás a la ventana, después fatalmente te alejas un poco, echás comida adentro, vas al cuarto de baño y la expelés, decís: ‘Buenos días, cómo le va’, te vestís, te desvestís, te tendés en la cama, te cubrís, te descubrís, te levantás…’ ”. Dicho en una sola frase que se repite a lo largo del último trecho de la obra vilamatiana como un auténtico leit-motiv (aparece por primera vez, si no me equivoco, en El mal de Montano): “tanto abrochar y desabrochar” (p. 156).
El problema en Vila-Matas se agudiza porque no es autor con una tendencia natural o predominante al tedio o la melancolía. En general, su obra –caso singularísimo, que lo emparienta con Rabelais, Cervantes o Montaigne– es una celebración alegre y cómica de la vida. Es por ello que resiente aún más los raptos de tedio. Los personajes que lo sufren es porque han experimentado, o por lo menos intuido, que la vida puede y debe ser otra cosa. Así lo entiende Enrique Tenorio, en Lejos de Veracruz, cuando reflexiona sobre el credo de su hermano: “y me digo, una vez más, que la visión del mundo Máximo era profundamente teatral, pues él estaba convencido, creo que tanto como lo estoy yo ahora, de que el hombre está vivo sólo en sus momentos de extremo goce o de pena, y lo demás son tan sólo tediosos entreactos de la puesta en escena, lo demás no importa… Lo peor, tal como pensaba Máximo, son los estados intermedios, los entreactos, el aburrimiento, los domingos que se eternizan” (pp. 125-126). (Es conocida la aversión vilamatiana por los domingos, como consta en el Dietario voluble: “en los domingos uno siente que han dejado de existir las relaciones entre las personas y las actividades de cualquier tipo. En los domingos padecemos el tiempo y es como si todos contuviéramos el aliento y probáramos a ver cómo será el más allá. Los domingos son como una enfermedad no visible, como un mal interior, una enfermedad moral. Los domingos son espantosos”, pp. 221-222. Continuando con la línea de pensamiento de Pessoa, podríamos suponer que, al despojarse de su sentido religioso –el culto a la divinidad–, el domingo quedó inevitablemente convertido en el más tedioso de los días; el tedio aplastante que puede sentirse entonces es el reflejo del vacío que Dios ha dejado en nuestra conciencia).
La obra entera de Vila-Matas puede leerse como nacida de y contra el monstruo del tedio que la corroe íntimamente. Toda su alegría, su extravagancia, su sentido del humor y su comicidad son una tentativa graciosa y desesperada de contrarrestar ese tedium vitae. ¿Lo logra? En tanto parte inherente de la condición humana, el tedio es probablemente invencible; en tanto estamos hechos de tiempo, estamos también hechos de tedio y sometidos a sus embestidas. Como el tiempo, no puede ser abolido. Sin embargo, en ciertos momentos de gracia –otorgados, por ejemplo, por el amor, la amistad o el arte– el tedio puede ser suspendido y sepultado en medio de una intensa plenitud vital. La obra de Vila-Matas nos ayuda a confrontarlo y, en sus mejores páginas, nos ofrece una vía de escape.