Si hubiera que elegir un solo personaje para representar la obra de Vila-Matas, tal vez el mejor sería el del ventrílocuo, y no es casual que éste sea el héroe de una de sus obras, Una casa para siempre. ¿En qué consiste, en rigor, el arte de la ventriloquía? En modificar la voz de tal forma que parezca venir de lejos e imitar la de otras personas, y eso exactamente es lo que ha hecho Vila-Matas en términos literarios.
El ventrílocuo de Una casa para siempre tiene el grave problema de que las voces de sus muñecos son muy parecidas a la suya: “de modo que podría decirse que en mi caso, y a causa de ese pérfido enemigo, poseer una voz propia no era precisamente una atractiva cualidad, sino que más bien constituía un grave inconveniente y motivo de inquietud” (p. 25). Trasladado a la literatura, acaso fuera éste un problema semejante al del Vila-Matas temprano: un escritor que intuía, desde sus inicios, que su verdadera originalidad iba a consistir en la asimilación y transfiguración de otras voces, pero cuya propia voz juvenil era demasiado fuerte y desarticulada como para dejar escuchar la ajena que, después, hábilmente transformada y modulada, iba a llegar a convertirse en la genuinamente personal y definitiva. En pocas palabras: debía apropiarse de la voz de los otros para conquistar la suya. Vila-Matas, como todo gran creador, no parece haber dejado de experimentar la famosa ansiedad de la influencia, pero una de sus mayores virtudes es la de haberse sobrepuesto a ella asumiéndola plenamente. Como ha escrito Harold Bloom: “en una obra literaria siempre hay una ansiedad conquistada”.
El ventrílocuo de Una casa para siempre se refiere a su oficio como el “arte de modificar la voz y embaucar al público” (p. 37). Esto es –metafórica, o sea, precisamente– lo que ha hecho Vila-Matas a lo largo de toda su obra: modificar su voz y embaucar a sus lectores, pero un embauco que, como el del ventrílocuo, no presupone la ingenuidad o el engaño, sino el conocimiento y la complicidad. Eventualmente, el héroe vilamatiano logra transformar su propia voz y asumir la de muchos: “me había librado del principal enemigo de mi oficio, porque mi voz ya nunca volvería a ser la misma y porque, al mismo tiempo, me había disgregado en otras voces… Yo era ya uno y muchos” (p. 43). Es la misma meta que termina alcanzando Vilnius, el protagonista de Aire de Dylan, que dista veinticuatro años de Una casa para siempre: “seguía siendo él mismo, pero en realidad estaba ya más abierto al infraleve arte de ser muchos. Un alegre e inesperado espíritu de frontera había potenciado su imaginación y había empezado a comunicarle cada día con más Hermes y con lo multiforme, con aquel dios de quien su padre ya solo podía perseguir la sombra, es decir, que Vilnius, en cuanto había empezado a percibir la imposibilidad de afirmarse como sujeto unitario, compacto y perfectamente perfilado, había abierto el juego por completo y pasado a hermanarse de verdad con nosotros, sociedad de distintas aunque muy conectadas identidades” (p. 297).
Es el triunfo del arte sobre la naturaleza y de la pluralidad sobre una individualidad monolítica y limitada, pero obsérvese que, no por ser muchos, el personaje ha dejado de ser uno: conserva su unidad, pero enriquecida y multifacética. Ventrílocuo de la literatura moderna, Vila-Matas ha construido su propia e inconfundible voz con las voces de los otros.