Poesía vertical tituló Roberto Juarroz cada uno de sus libros y, por supuesto, el conjunto de su obra. La persistencia del título no era casual ni arbitraria: el poeta argentino estaba obsesionado con las nociones del arriba y el abajo, lo celeste y lo terreno (obsesión antigua, recordemos solamente la imagen del hombre como planta celeste en el Timeo de Platón), y la línea recta que los une. No se trataba de una mera repetición, sino de la constancia de una fijación.
Muy pronto, desde por lo menos la Historia abreviada de la literatura portátil (o antes, el título Al sur de los párpados comporta ya una imagen vertical), fue desarrollándose en Vila-Matas una fijación similar. En la Historia abreviada, en el episodio del viaje inmóvil de los portátiles en el submarino Bahnhof Zoo, se encuentra un esbozo de la teoría de la verticalidad, atribuida a Henri Michaux, y específicamente del viaje vertical: “Henri Michaux estaba convencido de que sumergirse en las profundidades del puerto de Dinard debía entenderse como un viaje hacia abajo. Y para Michaux bajar era abismarse en lo que nos sustenta, era desfondar el fundamento que nos subyace; según él, cuando bajamos a lo que realmente está abajo perdemos nuestros puntos de referencia” (p. 102). Quizá esta obsesión por el viaje vertical (en principio, un descenso, pero que inmediatamente pone en marcha la dialéctica arriba/abajo) se remonte a la infancia y a los recuerdos de Veinte mil leguas de viaje submarino (un viaje que es, ante todo, hacia abajo, naturalmente), tanto el libro de Verne como la adaptación cinematográfica de Richard Fleischer, que el autor conoció cuando tenía ocho años, como cuenta en el Dietario voluble. A partir de entonces, explica, asociará la literatura con lo interior, lo que está en casa, y el cine con lo exterior, lo que hay que ir a buscar fuera, y se decantará decididamente por lo interior; a partir de entonces comenzará a ser él mismo un viajero vertical, pues el viaje hacia lo literario es hacia abajo y hacia dentro, como consta en el poema atribuido a César Vallejo en la Historia abreviada: “Este bastón es un piano que viaja para dentro, / y hacia abajo…” (p. 104).
En Suicidios ejemplares, el viaje vertical está implícito en aquellos que optan por el salto. El método elegido para matarse siempre tiene un significado; no es lo mismo el suicida violento que quiere acabar todo en un instante, de un pistoletazo, que el que ingiere una sobredosis de calmantes o, en este caso, el que decide experimentar el vértigo de la caída. El protagonista de “Muerte por saudade”, de paso por Lisboa, considera constantemente la posibilidad de arrojarse de alguno de los muchos lugares propicios de esa ciudad que según el propio autor, retomando una idea de Antonio Tabucchi, parece hecha para el salto mortal. Sin embargo, nunca lo lleva a cabo. Como la mayoría de los suicidas de ese libro (nada ejemplares), no se mata. Sabe que, en realidad, no es necesario y que solo hace falta esperar un poco.
En un viaje a México, Vila-Matas escuchó a Octavio Paz leer una versión de un poema de William Carlos Williams, “El descenso”, cuyo original dice: “The descent beckons / as the ascent beckoned… / No defeat is made up entirely of defeat– since / the world it opens is always a place / formerly / unsuspected… / The descent / made up of despairs / and without accomplishment / realizes a new awakening / which is a reversal of despair. / For what we cannot accomplish, what / is denied to love, / what we have lost in the anticipation– / a descent follows, / endless and indestructible”. La caída como renovación, el descenso como descubrimiento, la derrota como victoria. El poema impactó a Vila-Matas que, fiel a su costumbre, lo utilizó después en varias de sus obras. Lejos de Veracruz gira alrededor de la verticalidad y la caída. Antonio Tenorio planea una novela que se titulará, naturalmente, El descenso, y que llevará como epígrafe el poema de Williams. No la escribe; en lugar de eso, se avienta por su ventana, llevando a cabo así un descenso más perfecto y definitivo. Sin embargo, el descenso más importante de la obra es el que realiza Enrique Tenorio al viajar a Veracruz, su Hades personal, en donde en el transcurso de una borrachera cree matar a Dios. Enrique emparienta así con los pocos e ilustres viajeros que han bajado a las tinieblas: Orfeo, Ulises, Eneas, Dante. El viaje al infierno es siempre vertical.
Uno versos de Altazor de Huidobro, poema de la verticalidad, encabezan la novela ya titulada El viaje vertical: “Cae / Cae eternamente / Cae al fondo del infinito / Cae al fondo de ti mismo / Cae lo más bajo que se pueda caer”. En esta obra, Vila-Matas desarrolla a fondo la idea de lo vertical o, mejor dicho, culmina una exploración que había empezado mucho antes, desde la Historia abreviada. Echado repentinamente de su casa por su esposa, el viejo Mayol –hombre práctico que dedicó su vida a los negocios y a la política– emprende un viaje que lo llevará a Portugal y Madeira, pero, sobre todo, al fondo de sí mismo. A propósito de un asunto trivial –qué ruta seguir para ir a Cabo Verde–, el narrador expone al protagonista la dialéctica del viaje vertical: “le expliqué que había, por tanto, que ir kafkianamente hacia arriba para poder luego ir hacia más abajo del sitio en el que se encontraba cuando se fue hacia arriba” (p. 183). En pocas palabras, como en el poema de Williams, bajar es subir. Al final de la novela, Mayol asume plenamente su caída y abraza su destino vertical: “dejándose llevar por su excepcional capacidad para hundirse, sintió que él era la Atlántida misma y que, en el breve tiempo de una noche, temblaba entre terremotos e inundaciones y, dejando atrás la sardana extraña, iniciaba su último descenso y, en una inmersión muy vertical, se hundía en su propio vértigo y llegaba al país donde las cosas no tienen nombre y donde no hay dioses, no hay hombres, no hay mundo, solo el abismo del fondo” (p. 242).